viernes, 18 de noviembre de 2016

EL VALOR DE LAS COSAS ENTRE 1900 Y 1934

Buenos días:

Una relación curiosa elaborada por Manuel del Río del valor que tenían algunos productos en Ibias entre los años 1900 y 1934.

23-5-1900     1 Fanega de centeno      50 reales
                      1 par de zapatos            30 rs.
                      1 fanega de maíz            52 rs.
5-1906           1 fanega de patatas        26 rs.
11-1 1909      1 fanega de castañas      28 rs
1909               4 libras ½ de unto         10 rs.
1918               1 fanega de patatas         6 duros
1919               1 cuartal de habas         40 rs.
                       1 cuartal de castañas     12 rs.
1920               1 fanega de centeno        6 duros
                       1 fanega de patatas         6 duros
10-6-1922      1 fanega de centeno      22,50 ptas.

1922               1 criado                        15 duros año
1928               1 criada                        10 duros año
1932               1 criada                        10 duros año

1928               1 par de abarcas             3 pesetas
                       1 par de medias              2 pesetas
                       1 delantal                        1,75 ptas
                       1 par de alpargatas          1 peseta
                       1 madreñas                      2,50 ptas
                       1 libra chocolate              2 ptas
1928               2 becerros                     75 duros
                       1 jata                               8 duros
1930               1 escopeta                     35 pesetas
1934               1 criado                         50 duros año

Espero que os resulte de interés.

martes, 13 de septiembre de 2016

102 AÑOS Y 1000 CAFÉS



En el calor sofocante del mes de agosto la aguja del reloj de la solana se iba aproximando con toda la parsimonia del mundo a la hora señalada, mientras marcaba su paso marcial y acompasado con el aburrimiento indefinible del tiempo que no se acaba. Cuando finalmente daba su voz de aviso, mediante cuatro solemnes toques tantas veces ensayados, era el momento de levantarse, desperezarse y entrar en la cocina vieja a repetir la cotidiana escena de la molienda del café nuestro de cada día.

Envueltos en el frescor y la semipenumbra del centenario recinto, tras los pactos oportunos para ver quién se encargaba de accionar la manivela, el vetusto molinillo comenzaba a prensar aquellos granos, acristalados y oscurísimos, que crujían y gemían bajo la acción demoledora del engranaje. Había tres «siempres» inquebrantables: «siempre» café torrefacto, «siempre» café Candelas, «siempre» recién molido. A medida que progresaban los giros del molino, el cajoncillo de madera se iba llenando de aquel polvo tostado que desprendía un aroma inconfundible y atrayente, incluso para nosotros, los pequeños de la casa, autorizados a rompernos la crisma y descalabrarnos con la bici; a despellejarnos las rodillas y llevar las uñas de luto; y a los que nadie se hubiera atrevido a negar su participación en el sagrado rito vespertino del café, del que no se privaba ni a la perra.



Mientras el aire de la cocina se iba llenando de vida, de promesas y tentaciones, la vieja cafetera tomaba posiciones sobre el fogón para obrar el milagro de convertir el delicioso perfume en un aromático y ardiente elixir de dioses, que todos compartiríamos en obligada comunión. Para el abuelo, su café con leche, en vaso de duralex y poco azúcar; para la abuela, su pocillo de hierro esmaltado lleno hasta la mitad con un café «dulce como el amor, caliente como el infierno y negro como el pecado»; para nosotros, tazas de plástico, más o menos oscuro el café en función de nuestra edad y picardía a la hora del reparto. De vez en cuando, una cucharadita furtiva al café negro de la abuela, que sabía mejor que ninguno. En las raras ocasiones en las que había leche condensada la fiesta diaria se convertía en festival.  

Acompañados del respectivo bebedizo, salíamos a tomar el aire, protegidos por la sombra del castaño. Sobre las mantas viejas y los mullidos cojines de espuma, mientras observábamos el vuelo acrobático de una pareja de águilas, cortábamos el paso de las hormigas arrullados por el zumbido de las laboriosas abejas —las únicas que trabajaban a aquella hora—, aparecía por fin Celia del Tereso, subiendo ligera la cuesta, fiel al silbido de la cafetera o a su reloj biológico. Nunca faltaba a la cita, a la que acudía aportando un puñado de avellanas que sacaba del mandil a cuadros cual prestidigitador conejos de la chistera. Haciéndose de rogar lo justo, según los cánones del buen invitado, aceptaba al tercer ofrecimiento, un café con mucha leche y tres cucharadas de azúcar, quizás cuatro, que revolvía satisfecha mientras recuperaba en la memoria coplas y cantares, dimes y diretes, que entremezclaba con afirmaciones categóricas como «¡Toma, claro!» y risas en las que faltaban dientes y sobraban razones.  


Celia, con su trenza infinita del grosor de un pincel, esas manos desproporcionadamente grandes para su pequeña estatura, cuyos dedos se retuercen como sarmientos por el trabajo de décadas y los estragos de la artrosis; Celia, con su sonrisa pícara y sus oídos despiertos a noticias y desgracias; Celia, sentada en la manta con sus piernas de alambre estiradas y enfundadas en negras medias de lana; Celia, que nunca faltó a la cita del café, hace tiempo que ya no acude al ritual encuentro. Son ciento dos, ¡ciento dos años de vida! los que hoy cumple nuestra Celia, y aunque la desmemoria ha podido con la costumbre y los recuerdos, quién sabe si en algún atisbo de claridad, a eso de las cuatro de la tarde, no volverá, aunque sea por un instante, a saborear aquellos cafés en su ajada memoria. En la casa del Roxo, en cualquier caso, nos seguimos acordando de ella cada tarde cuando el silbido de la cafetera llama a revista... ¡Feliz cumpleaños, Celia, y gracias por tantos momentos inolvidables!


lunes, 27 de abril de 2015

RINCONES DE LA SIERRA (IBIAS)

La Sierra (A Serra) es un pueblo valiente. Encaramado sobre una loma que domina el valle del río Ibias, soporta estoicamente vientos y tempestades a cambio de vistas inmejorables. Es también uno de los pocos afortunados que cuenta con tallas de Domingo Álvarez, en el hórreo de casa Farruco.























domingo, 19 de abril de 2015

RINCONES DE PENEDELA (IBIAS)


Enriscada entre las peñas que le dan nombre, PENEDELA está situada a media ladera del sinuoso valle trazado por el arroyo de Liares, que un poco más adelante se unirá al Bustelín para dar nombre a un desfiladero cuya belleza no tiene parangón en Ibias.

Llegar hasta Penedela en coche no tiene mucho misterio, pero hacerlo caminando desde Rioporcos nos permitirá descubrir lugares de leyenda y paisajes únicos en una ruta que asombra y deslumbra a propios y extraños.





















domingo, 12 de abril de 2015

RINCONES DE ARANDOXO (IBIAS)


ARANDOXO siempre ha sido un lugar mítico para mí. Cuando éramos pequeños, los abuelos bromeaban con el futuro reparto de la herencia. El nieto mayor, el meirazo, heredaría la casa del Roxo; a la pequeña le correspondería como mucho el molino y quizás la cabana de Xoncelos; a mí, que soy la mediana, me tocaría heredar la casa del Arandoxo, una casa que está en Villaoril pero que fue bautizada así porque en ella vivieron unos caseros que provenían de aquel misterioso y remoto lugar.

Hace unos años, cuando el dinero de Europa corría como la espuma, la Administración se gastó un pastón en (supuestamente) señalizar y acondicionar numerosas rutas excursionistas por la zona. Una de ellas, la pomposamente bautizada como «Ruta de los Ancares» conduce, o debería conducir, desde Folgueiras de Boiro hasta Pelliceira por uno de los valles más salvajes y bonitos de Ibias, pasando en su recorrido por Arandoxo. Lamentablemente, las rutas se diseñan en los despachos, la naturaleza tiene la odiosa manía de crecer, y los senderos resultan impracticables a los pocos meses si alguien no se encarga de su mantenimiento periódico. Viene esto a cuento porque, a pesar de lo que digan las guías y los folletos, la «Ruta de los Ancares» lleva años intransitable y sigue, a día de hoy, impracticable para el senderismo. Así pues, quien desee conocer Arandoxo, puede (y debe) acercarse en coche siguiendo la carretera que conduce desde Folgueiras a Pelliceira, lo cual resulta más prosaico pero, sin lugar a dudas, más práctico y eficiente.  

El entorno de esta preciosa braña, cuya andadura en la historia evolucionó desde una ocupación meramente estival hasta llegar a ser un núcleo poblacional habitado de continuo, es motivo suficiente para acercarse a conocer el lugar. Sus actuales construcciones, vestidas de gris cemento, pueden decepcionar y desilusionar al visitante, pero quedan restos (cada vez menos) de cabanas y pallozas que un día estuvieron cubiertas con teito de centeno. Unas pallozas en las que, si alguien con dos dedos de frente, hubiera invertido la décima parte de lo que se gastó para promocionar una ruta que no existe, se habrían convertido a día de hoy en un excelente reclamo turístico.

Después de esta perorata (lo siento, pero tenía que soltarlo), os dejo con la magia de Arandoxo y os recomiendo subir a descubrirlo... eso sí, en coche.