martes, 13 de septiembre de 2016

102 AÑOS Y 1000 CAFÉS



En el calor sofocante del mes de agosto la aguja del reloj de la solana se iba aproximando con toda la parsimonia del mundo a la hora señalada, mientras marcaba su paso marcial y acompasado con el aburrimiento indefinible del tiempo que no se acaba. Cuando finalmente daba su voz de aviso, mediante cuatro solemnes toques tantas veces ensayados, era el momento de levantarse, desperezarse y entrar en la cocina vieja a repetir la cotidiana escena de la molienda del café nuestro de cada día.

Envueltos en el frescor y la semipenumbra del centenario recinto, tras los pactos oportunos para ver quién se encargaba de accionar la manivela, el vetusto molinillo comenzaba a prensar aquellos granos, acristalados y oscurísimos, que crujían y gemían bajo la acción demoledora del engranaje. Había tres «siempres» inquebrantables: «siempre» café torrefacto, «siempre» café Candelas, «siempre» recién molido. A medida que progresaban los giros del molino, el cajoncillo de madera se iba llenando de aquel polvo tostado que desprendía un aroma inconfundible y atrayente, incluso para nosotros, los pequeños de la casa, autorizados a rompernos la crisma y descalabrarnos con la bici; a despellejarnos las rodillas y llevar las uñas de luto; y a los que nadie se hubiera atrevido a negar su participación en el sagrado rito vespertino del café, del que no se privaba ni a la perra.



Mientras el aire de la cocina se iba llenando de vida, de promesas y tentaciones, la vieja cafetera tomaba posiciones sobre el fogón para obrar el milagro de convertir el delicioso perfume en un aromático y ardiente elixir de dioses, que todos compartiríamos en obligada comunión. Para el abuelo, su café con leche, en vaso de duralex y poco azúcar; para la abuela, su pocillo de hierro esmaltado lleno hasta la mitad con un café «dulce como el amor, caliente como el infierno y negro como el pecado»; para nosotros, tazas de plástico, más o menos oscuro el café en función de nuestra edad y picardía a la hora del reparto. De vez en cuando, una cucharadita furtiva al café negro de la abuela, que sabía mejor que ninguno. En las raras ocasiones en las que había leche condensada la fiesta diaria se convertía en festival.  

Acompañados del respectivo bebedizo, salíamos a tomar el aire, protegidos por la sombra del castaño. Sobre las mantas viejas y los mullidos cojines de espuma, mientras observábamos el vuelo acrobático de una pareja de águilas, cortábamos el paso de las hormigas arrullados por el zumbido de las laboriosas abejas —las únicas que trabajaban a aquella hora—, aparecía por fin Celia del Tereso, subiendo ligera la cuesta, fiel al silbido de la cafetera o a su reloj biológico. Nunca faltaba a la cita, a la que acudía aportando un puñado de avellanas que sacaba del mandil a cuadros cual prestidigitador conejos de la chistera. Haciéndose de rogar lo justo, según los cánones del buen invitado, aceptaba al tercer ofrecimiento, un café con mucha leche y tres cucharadas de azúcar, quizás cuatro, que revolvía satisfecha mientras recuperaba en la memoria coplas y cantares, dimes y diretes, que entremezclaba con afirmaciones categóricas como «¡Toma, claro!» y risas en las que faltaban dientes y sobraban razones.  


Celia, con su trenza infinita del grosor de un pincel, esas manos desproporcionadamente grandes para su pequeña estatura, cuyos dedos se retuercen como sarmientos por el trabajo de décadas y los estragos de la artrosis; Celia, con su sonrisa pícara y sus oídos despiertos a noticias y desgracias; Celia, sentada en la manta con sus piernas de alambre estiradas y enfundadas en negras medias de lana; Celia, que nunca faltó a la cita del café, hace tiempo que ya no acude al ritual encuentro. Son ciento dos, ¡ciento dos años de vida! los que hoy cumple nuestra Celia, y aunque la desmemoria ha podido con la costumbre y los recuerdos, quién sabe si en algún atisbo de claridad, a eso de las cuatro de la tarde, no volverá, aunque sea por un instante, a saborear aquellos cafés en su ajada memoria. En la casa del Roxo, en cualquier caso, nos seguimos acordando de ella cada tarde cuando el silbido de la cafetera llama a revista... ¡Feliz cumpleaños, Celia, y gracias por tantos momentos inolvidables!


1 comentario:

Maria Estrella Mendez Pasarin dijo...

Felicidades Celia y d parte de mi padre Jose Luis de casa Viuda