lunes, 23 de mayo de 2011

LA VIDA DESPUÉS DE LA VIDA


(*) Mis tíos Heinz y Margret alrededor de 1956

Tras un prolongado silencio, quiero advertiros de antemano que esto no es un post sobre Ibias y el Lejano Oeste. En todo caso, sería un post sobre el Este (de Alemania), sobre el Oriente (lejano), sobre la amistad (cercana) y sobre el VINTAGE, o lo que es lo mismo: la vida después de la vida.

Hace unos días, mientras paseaba por ese irreconocible Berlín del Este con dos de mis mejores amigas que, a la sazón llevan sangre real en sus venas (la una es Reina de la Berrea y la otra Reina del Vintage), nos detuvimos en una librería de viejo donde, buceando entre las polvorientas y atestadas cajas de cartón, descubrí, por casualidad, un álbum de una animosa pareja. La colección de felicidad congelada en blanco y negro comenzaba en el año 1952 y finalizaba con las mismas sonrisas, pero ya coloreadas, una década más tarde. Una sucesión de buenos momentos de un matrimonio que rondaba ya entonces la cuarentena: cumpleaños, cenas, recepciones, fiestas de fin de año, excursiones campestres..., siempre rebosantes de felicidad, con una copa de champán (o de lo que se terciara) a mano y rodeados de amigos que compartían esos momentos de alegría. Pensé por un momento, egoístamente, en lo que pasaría con mis recuerdos el día en que yo no estuviera. ¿Acabarían en un rastrillo desnudados, pisoteados, maltratados y despreciados por cientos y miles de indiferentes compradores en busca de la ganga del momento?

Por 2 euros retiré de aquella obscena exhibición a la que ya había adoptado como mi nueva familia alemana, mis tíos Heinz y Margret que, a partir de ahora, ¿quién se lo iba a decir a ellos?, vivirían una segunda existencia en un lugar igualmente lluvioso, pero menos frío, del norte de España.



(*) Tío Heinz, siempre con una sonrisa y algo que celebrar



¿A dónde quiero ir a parar con esta larga introducción? Pues nada menos que a lo fundamental: al alma de las cosas y de las casas; a su espíritu; a su verdadera esencia.

Hay casas elegantes, muy chic, con estilo, perfectas, divinas, brillantes, inconmensurables… y frías; y hay otras casas en las que al entrar, sin saber muy bien ni cómo ni por qué, nos encontramos a gusto. Son casas con alma, son lugares llenos de vida y de vidas. De la vida de quienes ahora ocupan ese espacio y de los recuerdos y vidas que encierran muchos de los objetos que allí se encuentran. Mi casa nunca saldría en una revista de decoración, pero a nadie envidio cuando leo una buena novela bajo la luz de mi Fase President situada en difícil equilibrio sobre una pila de cajas de cartón. Me imagino su otra vida, quizás mucho más glamourosa, en el despacho de un alto ejecutivo o en la consulta de un médico, que, sin embargo, no tuvo el menor reparo en cambiarla por un flexo de diseño y mandar esa preciosidad a hacer gárgaras. Por azares del destino llegó a mis manos y, por fin, sabe lo que es vivir en un lugar donde se la quiere y se la aprecia en todo lo que vale.

Y no es sólo mi Fase. Son esos cuadros propios y ajenos, fotos de artistas de renombre, recuerdos de viajes inolvidables, dibujos infantiles llenos de color que comparten espacio con otros objetos que, algunos de la mano de Leti y, otros por propia iniciativa, he ido adquiriendo para que vivan su segunda, o tercera vida: lamparitas de mesa que me guiñan el ojo al decir buenas noches; una fabulosa mesa de comedor de los años sesenta en la que nunca faltan unos candelabros mecano y unas velas que iluminan románticas cenas; un reloj sol americano que nos ofrece sus cálidos rayos cada mañana; la cómoda y el espejo rescatados in extremis o la discreta lámpara alemana del dormitorio que me amenaza de vez en cuando con el “si yo hablara…”




A mi colección de objetos imprescindibles para sentirme en casa se acaba de unir un pequeño banco que ya ocupa un lugar privilegiado en mi casa y en mi corazón. Se trata de un objeto vintage, recuperado por el ojo clínico y por la destreza de Leticia de lo que iba a ser una muerte segura; restaurado y pintado con esmero y tapizado con una tela con motivos japoneses digno de una emperatriz del Lejano Oriente. Ver “Historia de un banco con final feliz”. A partir de ahora, estoy segura de que un rayo del sol naciente se colará todos los amaneceres para iluminar mi día y recordarme que los objetos vintage no son simples objetos de decoración, que los objetos vintage tienen un alma y que, aunque parezca lo contrario, son ellos los que te eligen a ti para vivir su nueva vida…

Ayer, me pareció descubrir a mis pizpiretos tíos Heinz y Margret charlando con Ishida-san y Kataoka en el recibidor: “... es ist ja unglaublich dass es Leben nach dem Leben gibt” (...quién nos iba a decir a nosotros que había vida después de la vida…)


(*) No, no me he vuelto loca. Bueno sí. En realidad estoy loca de contenta. Gracias a Merce y a Leti por todas las risas que nos hemos echado estos días. Ojalá que nuestro álbum de fotos acabe dentro de tropecientos años en Kuala Lumpur.






14 comentarios:

Xastre dijo...

Bienvenida, María. Buenísima entrada, y muy emotiva.

La Reina de la Berrea dijo...

Eres mi ídolo Amiga!!, gcias a ti cada viaje se convierte en algo tan especial.......!!!!!!!!

Irma dijo...

Yo quiero ir a Kuala Lumpur pero por dios que sea sin marco el album de fotos, que esos se teletransportan mal y seguro que pitais en algún aeropuerto.

Un abrazote utópico y muy cazurro, Irma.-

El Trasgo del Cadavín dijo...

Con mis años, mi salud y tantos días lluviosos, mirando desde mi ventana al Cantábrico sobre la Playa de Poniente en Gijón, me llevarían a escribir así para expresar mis sentimientos, si en mis años jóvenes hubiese aprendido a hacerlo. Pensaba que era sólo un patrimonio de los mayores, pero veo que también los jóvenes os movéis por ellos, los recuerdos y las añoranzas. Pensaba que, en este mundo áspero y duro en el que os ha tocado vivir, no quedaba lugar para estas cosas
Me gusta verte escribir así. Ya me pasó el otro día
leyendo los treinta y un poemas del libro de Rosa Cunqueira. Me voy haciendo viejo,,,
Un cordial saludo y por un pouco

Milio'i Sebastián dijo...

!ah,y ... qué cansado puede ser el recuperar objetos vintage (restauración incluida)! Comparto tu idea de las casas, es cierto que al entrar en algunas, huele a familiar (la vuestra por ejemplo) otras, impecables, invitan a no quedarse. En cuanto a los muebles... dicen mucho de sus dueños, en este caso, mucho y bien.

Leticia Blanco dijo...

De la Reina del Vintage a la Emperatriz de Ibias: Gracias guapa y reguapa!!. Casi me cae una lágrima. Bueno, en realidad dos, una de emoción por lo del banco y otra de risa recordando a tu tía Margret.

;)

Anónimo dijo...

Excelente entrada, enhorabuena ;-)

IRM dijo...

¡¡Qué suerte tienen tío Heinz y tía Margret que han encontrado una buena casa en la que vivir!!!

El banco, precioso!!!!

Isabel dijo...

Saludos a tus queridos tíos alemanes. ¡Qué pedazo de entrada! Me ha emocionado. Ellos estarán tan felices sabiendo que vuelven a la vida en un lugar tan bello, y encima su nueva sobrina les hace famosos presentándolos a todos los lectores de su blog.
Ya veo que has pasado unos días maravillosos en Berlín, me alegro.
Por cierto eres una artista, me encanta el banco japonés
Un besito
Isabelnotebook

luisa dijo...

Recuerdo una triste anécdota que atañe al familiar de un conocido mío, que días antes de fallecer se dedicó a destruir cartas y fotos suyas y de su esposa, pues no quería que terminasen en cualquier tienda del rastro o en un vertedero.

Desde entonces soy muy respetuosa con todas aquellas cosas queridas por los demás, aunque objetivamente parezcan meras bagatelas. Yo también opino que los objetos conservan parte del alma de quien los vivió, lo bueno y lo malo, y por tanto defiendo una especie de memoria de los objetos. Me pregunto muchas veces qué ocurrirá con mis cosas cuando yo ya no las viva y, por ello, trato de conservar aquello que ha sido querido por los míos, quizás como una forma de mantenerlos vivos en mi vida.

Disculpadme por el tono melancólico de mi comentario, pero he de deciros que la entrada me ha encantado viendo que determinadas inquietudes son más habituales de lo que pensaba.

Gracias por compartir.

Julio A. R. dijo...

Gracias, María. Piezas como ésta, con tanta calidad literaria y tanto interés humano, son chispazos brillantes, de "magnitud 1", en el inmenso universo bloguero.
Me has recordado el día que visité una preciosa casona lacianiega (en Villager) que estaba siendo restaurada por sus nuevos dueños. Entre polvo y cascotes vi un montón de fotos ampliadas, enmarcadas, algunas con el cristal astillado, todas coloreadas de otoño. En cada marco se asomaban personas que miraban y nos decían muchas cosas. Tú lo has expresado magníficamente.
Saludos para las reinas de La Berrea y del Vintage.

Carlos de Sebastián dijo...

Maravillosa entrada. Dejamos tantas cosas en esta vida que nos sobrevivirán.
¿Qué pasara con estos blogues y sus comentarios? ¿Se perderán todas estas anotaciones en la nube de la información como lágrimas en la lluvia?

monsieur bleu dijo...

has cumplido uno de los sueños de mi vida y sólo te ha costado un par de euros... joder qué envidia, un álbum completo de fotos reales en blanco y negro.
y si en vez de kuala lumpur es texas ¿importaría mucho?

papa dijo...

Yo colecciono relojes automáticos de los años 60 y 80, algunas veces sentí algo parecido a lo que tu cuentas. Un reloj automático funciona con el movimiento, alguien lo hizo funcionar con su "vida" y ahora en mis manos vuelve a "latir" con la mía, es como una especie de masaje cardiaco.
Enhorabuena por tu encuentro, tu ojo y tu entrada.